El matricidio al Alma Mater
es un delito
Nada más difícil que aceptar hechos de la realidad que no deseamos que
ocurran. Los psicólogos llaman negación resistirse a reconocer y aceptar algo que nos afecta negativamente. En cuanto a individuos
se trata suele estar muy bien estudiado pero cuando ocurre a grupos o colectivos en la sociedad, es mucho más difícil aceptarla, hecho que por múltiples
razones avivan la disputa entre sociólogos y psicólogos. Pareciera éste ser el
caso de lo que ocurre a quienes integramos nuestra querida UCV.
Siempre presumimos de nuestra invencibilidad invocando al himno
universitario porque nos sentimos poseedores de una fuerza inmarcesible e
infinita al asumirnos como la casa que
vence las sombras. Pues ahora no es así tan
fácil. A diferencia del General Gómez que la cerró diez años y un poco
menos el General Pérez Jiménez, y hace 46 años Rafael Caldera lo hizo por dos
años, quienes en siglo XXI camuflados de socialistas siguieron a Boves
resemantizado, se alejaron de las recetas clásicas y recurrieron a una fórmula financiera,
muy capitalista por cierto, más
efectiva para destruirla: congelarle el presupuesto para dejarla morir de
mengua vilipendiando a la Academia. Cierran el grifo financiero y para colmo de
males hablan mal de ti. Obviamente el plan ha tenido efecto. El vil metal
devaluado hizo lo suyo mientras la descalificación política y moral ha hecho
otro tanto. Simultáneamente le bajaban el copete a los más rebeldes con ataques
furtivos y agrestes de las huestes paramilitares, permitiendo que la
delincuencia organizada y desorganizada (externa e interna) hiciera el resto con
la imposición del terror, a la espera que los viejos académicos de las últimas
décadas –muchos ñangaras y demócratas de aquellos tiempos- se fuesen retirando
a sus cuarteles de invierno.
A las universidades, desmejoradas y no tan autónomas ahora, que siguen siendo
por convicción y gallardía, libres, plurales y democráticas, les ha ocurrido
como a esas viejas casas de familias de clase media arruinada, cuyas pensiones
no les dan para mantenerlas ni mucho menos refaccionarlas. Ya el Malibú 81
comprado a precio regulado con los sueldos de un digno profesor universitario
de los 70’s yace imperturbable en un garaje destapado rodeado por la maleza. Algunos
nietos se les van, algunos de sus hijos insisten en quedarse a cuidar la casa
de los abuelos pero la protección de sus propias familias se los lleva lejos. Esa
es nuestra cruda realidad. Pareciera que estamos a punto de perecer.
Ahora bien, por esas sorpresas azarosas de la vida, que solo alcanzamos a
explicar después de mucho tiempo y contra todos los pronósticos más pesimistas,
la casa se mantiene en pie, a duras penas pero erguidas sus instalaciones, pues
sencillamente hay una familia digna y honorable que resiste. Ese es el detalle histórico significativo.
El Boves recargado con sus tropas
de stalinistas-maoístas-polpotianos disfrazados de socialistas del Siglo XXI -
la mayoría de ellos en ejercicio consciente del delito de matricidio a su Alma
Mater – no se atrevieron a forzar un desplazamiento hacia el campo o azuzar una
revolución cultural para aniquilarnos como hicieron sus mentores el siglo
pasado; sin embargo, lo que han hecho ha tenido un efecto parecido. Aprendieron mucho de
la tecnología política cubana, la franquicia stalinista totalitaria tropical, llave-en-mano, que pagamos bien
caro con petróleo. Han puesto en práctica lo más inmoralmente abominable que ha
estado a su alcance dentro de sus cálculos de costos políticos, para ocupar la
última frontera de la democracia: sus universidades públicas autónomas, las que
nos legaran Vargas y Bolívar, de las que ellos se beneficiaron en su juventud. Sin
embargo, no han podido… casi casi, ahí ahí, pero no han podido.
Ahora, las huestes de Boves, en el ocaso de su menguado proyecto totalitario
de dominio político, habiendo arruinado moral y financieramente el país,
escasos de apoyo de masas irredentas que hacen muy escuálidas sus
movilizaciones tarifadas, deslegitimados al derecho y al revés, aun sueñan ilusoriamente
que por la vía del caos y la destrucción, cual Calígula y Nerón juntos, pueden
lograrlo. No pretenden generar sino degenerar las condiciones objetivas que permitan crear de la nada,
milagrosamente, las condiciones
subjetivas para su viejo plan político, sin pensar, incluso, en que
necesitarían un sujeto social y político para lograrlo. Es que ni buenos marxistas fueron.
La Universidad Autónoma, Libre, Plural y
Democrática no son sus edificios, no es el campus, no es un lugar físico. El
poderoso Gómez la clausuró diez años y volvió a nacer. El otro poderoso Pérez
Jiménez construyó físicamente la UCV en los predios de la hoy Ciudad
Universitaria, Patrimonio de la Humanidad, creyendo que se ganaría su alma metafísica con el concreto y el
hormigón, diseñando incluso uno de sus edificios emblemáticos en forma de cachucha
militar, Nanai
nanai, igualmente fracasó, e impuso su cierre temporalmente. Con iguales
resultados pero desde campos políticos opuestos, se equivocó también Don Rafael
Caldera, sin duda un venezolano demócrata, un ucevista que hace 46 años tuvo el tupé de cerrar la UCV. No entendió en
su momento que el pluralismo democrático tiene sus excesos; un gran riesgo de
la libertad y la pluralidad. La solución no debió haber sido ocuparla
militarmente. Don Rafael, como arquitecto del plan de pacificación de la
insurgencia de la izquierda venezolana de la década de los 60’s sabía muy bien
que el claustro universitario no debió ser considerado un teatro de operaciones
de guerra sino de paz, como en efecto lo fue posteriormente.
La Universidad Autónoma, Libre, Plural y
Democrática, llámese Universidad Central de Venezuela, Universidad de Los
Andes, Universidad del Zulia, Universidad de Carabobo, Universidad de Oriente, o
bajo cualquier otra denominación, es un valor intangible que vive en el corazón
de una ciudadanía democrática que la sabe suya desde cuando ni siquiera éramos
una República, por lo tanto, renace en el corazón de los más niños que solo
esperan crecer para ingresar a ella y lucir con orgullo su boina azul. Es una institución imaginaria que se instituye
como una idea límite, una utopía, un sueño, que vive en el imaginario popular como
esperanza de progreso, de crecimiento personal y societario, que se construye
en tiempo presente y tiempo futuro.
Una institución imaginaria de esta magnitud es muy
difícil derrotarla, ni que la muden a la Roca Tarpeya, ni al viejo Castillo de
Puerto Cabello vuelto a hacer, ni a lo que queda de la Isla del burro, ni que
reconstruyan la Rotunda ni rehabiliten al Obispo o al Cuartel San Carlos. El
secreto está en otro ámbito de la existencia ontológicamente distinto. En esa institución imaginaria estamos todos,
los venezolanos que han pagado con prisión su derecho a pensar distinto, los muertos de todas las corrientes políticas que pasaron por cada
una de ellas y los vivos que la defendemos; también están quienes pasados de vivos la intentan destruir
por el mero propósito de obtener el dominio total del poder. Claro, con una
diferencia: estos últimos –si han sido ñángaras- la atacan pero en lo más
íntimo les da una vaina que hasta
podría llegar a ser vergüenza. Debemos entenderlos. Eso de matar a la madre generosa,
bondadosa, proveedora y cariñosa es tan abominable que hasta los malandros más landros en las cárceles lo consideran
inmoral. La Madre es sagrada. No se toca.
Gabriel Morales Ordosgoitti
Profesor de Filosofía Política - UCV
Excelente Prof. Muy bien escrito. Sin embargo, no cree que la destrucción ha sido profunda? Un montón de profesores migrantes, una inseguridad que no pareciera tener fin, una sociedad bastante indiferente.
ResponderEliminarSí, en efecto, hay daños "estructurales" serios que nos costará resolver pero aun está República tiene cómo hacerlo y mucho más ciñen un mundo globalizado.Gracias por tu comentario.
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