sábado, 7 de noviembre de 2015

El matricidio al Alma Mater es un delito

Nada más difícil que aceptar hechos de la realidad que no deseamos que ocurran. Los psicólogos llaman negación resistirse a reconocer y aceptar algo que nos afecta negativamente. En cuanto a individuos se trata suele estar muy bien estudiado pero cuando ocurre a grupos o colectivos en la sociedad, es mucho más difícil aceptarla, hecho que por múltiples razones avivan la disputa entre sociólogos y psicólogos. Pareciera éste ser el caso de lo que ocurre a quienes integramos nuestra querida UCV.

Siempre presumimos de nuestra invencibilidad invocando al himno universitario porque nos sentimos poseedores de una fuerza inmarcesible e infinita al asumirnos como la casa que vence las sombras. Pues ahora no es así tan fácil. A diferencia del General Gómez que la cerró diez años y un poco menos el General Pérez Jiménez, y hace 46 años Rafael Caldera lo hizo por dos años, quienes en siglo XXI camuflados de socialistas siguieron a Boves resemantizado, se alejaron de las recetas clásicas y recurrieron a una fórmula financiera, muy capitalista por cierto, más efectiva para destruirla: congelarle el presupuesto para dejarla morir de mengua vilipendiando a la Academia. Cierran el grifo financiero y para colmo de males hablan mal de ti. Obviamente el plan ha tenido efecto. El vil metal devaluado hizo lo suyo mientras la descalificación política y moral ha hecho otro tanto. Simultáneamente le bajaban el copete a los más rebeldes con ataques furtivos y agrestes de las huestes paramilitares, permitiendo que la delincuencia organizada y desorganizada (externa e interna) hiciera el resto con la imposición del terror, a la espera que los viejos académicos de las últimas décadas –muchos ñangaras y demócratas de aquellos tiempos- se fuesen retirando a sus cuarteles de invierno.

A las universidades, desmejoradas y no tan autónomas ahora, que siguen siendo por convicción y gallardía, libres, plurales y democráticas, les ha ocurrido como a esas viejas casas de familias de clase media arruinada, cuyas pensiones no les dan para mantenerlas ni mucho menos refaccionarlas. Ya el Malibú 81 comprado a precio regulado con los sueldos de un digno profesor universitario de los 70’s yace imperturbable en un garaje destapado rodeado por la maleza. Algunos nietos se les van, algunos de sus hijos insisten en quedarse a cuidar la casa de los abuelos pero la protección de sus propias familias se los lleva lejos. Esa es nuestra cruda realidad. Pareciera que estamos a punto de perecer.
Ahora bien, por esas sorpresas azarosas de la vida, que solo alcanzamos a explicar después de mucho tiempo y contra todos los pronósticos más pesimistas, la casa se mantiene en pie, a duras penas pero erguidas sus instalaciones, pues sencillamente hay una familia digna y honorable que resiste. Ese es el detalle histórico significativo.

El Boves recargado con sus tropas de stalinistas-maoístas-polpotianos disfrazados de socialistas del Siglo XXI - la mayoría de ellos en ejercicio consciente del delito de matricidio a su Alma Mater – no se atrevieron a forzar un desplazamiento hacia el campo o azuzar una revolución cultural para aniquilarnos como hicieron sus mentores el siglo pasado; sin embargo, lo que han hecho ha tenido un efecto parecido. Aprendieron mucho de la tecnología política cubana, la franquicia stalinista totalitaria tropical, llave-en-mano, que pagamos bien caro con petróleo. Han puesto en práctica lo más inmoralmente abominable que ha estado a su alcance dentro de sus cálculos de costos políticos, para ocupar la última frontera de la democracia: sus universidades públicas autónomas, las que nos legaran Vargas y Bolívar, de las que ellos se beneficiaron en su juventud. Sin embargo, no han podido… casi casi, ahí ahí, pero no han podido.

Ahora, las huestes de Boves, en el ocaso de su menguado proyecto totalitario de dominio político, habiendo arruinado moral y financieramente el país, escasos de apoyo de masas irredentas que hacen muy escuálidas sus movilizaciones tarifadas, deslegitimados al derecho y al revés, aun sueñan ilusoriamente que por la vía del caos y la destrucción, cual Calígula y Nerón juntos, pueden lograrlo. No pretenden generar sino degenerar las condiciones objetivas que permitan crear de la nada, milagrosamente, las condiciones subjetivas para su viejo plan político, sin pensar, incluso, en que necesitarían un sujeto social y político para lograrlo. Es que ni buenos marxistas fueron.

La Universidad Autónoma, Libre, Plural y Democrática no son sus edificios, no es el campus, no es un lugar físico. El poderoso Gómez la clausuró diez años y volvió a nacer. El otro poderoso Pérez Jiménez construyó físicamente la UCV en los predios de la hoy Ciudad Universitaria, Patrimonio de la Humanidad, creyendo que se ganaría su alma metafísica con el concreto y el hormigón, diseñando incluso uno de sus edificios emblemáticos en forma de cachucha militar, Nanai nanai, igualmente fracasó, e impuso su cierre temporalmente. Con iguales resultados pero desde campos políticos opuestos, se equivocó también Don Rafael Caldera, sin duda un venezolano demócrata, un ucevista que hace 46 años tuvo el tupé de cerrar la UCV. No entendió en su momento que el pluralismo democrático tiene sus excesos; un gran riesgo de la libertad y la pluralidad. La solución no debió haber sido ocuparla militarmente. Don Rafael, como arquitecto del plan de pacificación de la insurgencia de la izquierda venezolana de la década de los 60’s sabía muy bien que el claustro universitario no debió ser considerado un teatro de operaciones de guerra sino de paz, como en efecto lo fue posteriormente.

La Universidad Autónoma, Libre, Plural y Democrática, llámese Universidad Central de Venezuela, Universidad de Los Andes, Universidad del Zulia, Universidad de Carabobo, Universidad de Oriente, o bajo cualquier otra denominación, es un valor intangible que vive en el corazón de una ciudadanía democrática que la sabe suya desde cuando ni siquiera éramos una República, por lo tanto, renace en el corazón de los más niños que solo esperan crecer para ingresar a ella y lucir con orgullo su boina azul. Es una institución imaginaria que se instituye como una idea límite, una utopía, un sueño, que vive en el imaginario popular como esperanza de progreso, de crecimiento personal y societario, que se construye en tiempo presente y tiempo futuro.

Una institución imaginaria de esta magnitud es muy difícil derrotarla, ni que la muden a la Roca Tarpeya, ni al viejo Castillo de Puerto Cabello vuelto a hacer, ni a lo que queda de la Isla del burro, ni que reconstruyan la Rotunda ni rehabiliten al Obispo o al Cuartel San Carlos. El secreto está en otro ámbito de la existencia ontológicamente distinto. En esa institución imaginaria estamos todos, los venezolanos que han pagado con prisión su derecho a pensar distinto, los muertos de todas las corrientes políticas que pasaron por cada una de ellas y los vivos que la defendemos; también están quienes pasados de vivos la intentan destruir por el mero propósito de obtener el dominio total del poder. Claro, con una diferencia: estos últimos –si han sido ñángaras- la atacan pero en lo más íntimo les da una vaina que hasta podría llegar a ser vergüenza. Debemos entenderlos. Eso de matar a la madre generosa, bondadosa, proveedora y cariñosa es tan abominable que hasta los malandros más landros en las cárceles lo consideran inmoral. La Madre es sagrada. No se toca. 

Gabriel Morales Ordosgoitti
Profesor de Filosofía Política - UCV

2 comentarios:

  1. Excelente Prof. Muy bien escrito. Sin embargo, no cree que la destrucción ha sido profunda? Un montón de profesores migrantes, una inseguridad que no pareciera tener fin, una sociedad bastante indiferente.

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  2. Sí, en efecto, hay daños "estructurales" serios que nos costará resolver pero aun está República tiene cómo hacerlo y mucho más ciñen un mundo globalizado.Gracias por tu comentario.

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